La música, la buena música, es una de las manifestaciones artísticas que más humanizan al hombre y le reporta una inusitada fuerza en el alma. Hace seis meses que no me encontraba con mi amigo Pablo Milanés. Gracias al prestigioso «Trovafest 2019», organizado anualmente en Santiago de Querétaro en México, pudimos reencontrarnos. El concierto de clausura del festival estuvo a cargo de Pablo. Fue un concierto maravilloso. Pablo, algo afectado por un ligero estado gripal, cantó toda la velada, arropado, a mi juicio, en el espíritu de ese maravilloso sentimiento interpretativo que nació en la Cuba de los años cuarenta del siglo pasado: el filin. Pablo, precisamente, fue su representante más joven —y de impronta revolucionaria— pues todos sabemos el histórico rompimiento que él inició en la nueva canción cubana con su guajira son «Mis 22 años». Ciertamente, ni el frio de la noche en Santiago de Querétaro, ni otros imprevistos que se nos enciman de modo inesperado, pudieron impedir que Pablo ofreciera uno de los memorables conciertos de su larga carrera artística.

Cerca de dos horas de concierto, lejos de opacar los giros vocales de Pablo, dio sin embargo una inolvidable brillantez a su canto. «Ya ves» y «La felicidad» dieron entre otros temas el toque mágico, el encanto de la noche. Luego, contando con la colaboración de su hija Haydée y del cantautor Carlos Varela, otras canciones como las antológicas «Para Vivir», «Yolanda» y «El Breve Espacio», así como la recién «Vestida de Mar» remontaron vuelo y coronaron su creación interpretativa. Y después llegó el broche final tejido por la naturaleza, de la acogedora noche, donde el plenilunio se esparció sobre miles de celulares encendidos en mano de muchos asistentes que festejaban el canto íntimo de Pablo. Pablo, hizo que llegara a mi memoria el concierto que en 1975, en la ciudad alemana de Colonia, diera el jazzista Keith Jarrett. Cuentan que el jazzista antes de iniciar su concierto dijo que estaría obligado a tocar esa noche con un piano que no era de su gusto. Pero a pesar de esa consideración del artista sobre ese piano ocasional que no era de su agrado, hoy se considera por la critica especializada que ese concierto de Colonia de Keith Jarrett es el mejor concierto de toda su trayectoria artística.

Y, como dije, esta inevitable analogía se regodeó en mi memoria. Puedo aseverar que Pablo anoche en Querétaro, enfrentando dificultades vocales que hubieran podido estropear su valía interpretativa supo brindarnos —con extraordinaria sensibilidad y sus dotes vocales endemoniadas tan familiares al jazz que le llegan por la vía del filin y los aires barrocos de su propia y fecunda obra— uno de los mejores conciertos de su larga carrera. Fue un concierto apasionante de principio a fin. «Esos suelen ser los milagros en el arte», me dijo un amigo dominicano, impresionado, que estaba a mi lado, «surgen cuando en el escenario se encuentra uno de los artistas más grandes que ha dado la música y por demás acompañado de esos músicos fabulosos.»

«¡Gracias Pablo por habernos regalado este concierto tan hermoso y que Dios te bendiga!», le gritaba la gente mientras trataban en la partida de acariciarlo con las manos. «!Pablo, para mí eres el mejor!», le susurró una muchacha en la ventanilla del carro que llevaría al maestro al hotel.