Cuando en el recién «Trovafest 2019» efectuado en Santiago de Querétaro en la primera quincena de este mes de diciembre presencié la actuación de Haydée Milanés —recuerdo que ella fue la única a quien el público aplaudió sin descanso pidiéndole un bis al terminar su actuación luego de cantar alrededor de una hora—, de modo inevitable me vino a la memoria un acontecimiento que por su sorpresiva y tierna singularidad no debe de quedar en el olvido.

Haydée era pequeñita y tendría a los sumo dos años y medio de edad.

Bajo la guía de Pablo, su papá, que la llevaba en brazos, a fin de celebrar el cumpleaños de mi hermano Omar, en compañía de Sandra Pérez y quien escribe esta reseña, nos encaminamos para visitar al viejo trovador Luis Peña, más conocido por El Albino, en su casa de San Francisco de Paula en La Habana. Allí departimos toda la mañana y nos recreamos con las interpretaciones de las canciones preferidas de El Albino. Por supuesto, la notoria voz de Pablo haciendo de segunda voz y de prima en intercambio con Peña, estuvo bien presente en toda la velada.

Luego Pablo propuso irnos a la playa de Santa María para continuar desarrollando la festividad del cumple de mi hermano que tiempo después fuera el laureado sonidista de la multipremiada y de alto rating en la pequeña pantalla cubana de la serie televisiva «Algo más que soñar» que musicalizara Pablo Milanés.

Sentados a la orilla del mar, entre tragos, baños de mar y canciones fuimos sorprendidos por la caída de la tarde. De repente —siempre, ya lo sabemos, hay un «de repente» en cualquier narración—, la pequeña Haydée se puso en pie mientras se comía otro limón crudo, ficción insólita que la acompañó durante toda la infancia, y, comenzó a cantar el Himno Nacional de Cuba. Todos quedamos atónitos, al tiempo que Pablo sonreía.

Haydée, como un ruiseñor que había sido lanzado al aire por la propia María Teresa Vera, ahora cantaba afinadísima y de modo impresionante toda la letra del himno nacional cubano. Mi hermano Omar se quedó boquiabierto y yo también. Cualquiera diría que hasta el mar había decidido acallar todos los ruidos para que se escuchara bien a la pequeña mezzosoprano que estrenaba su canto a la orilla de la playa.

Luego Haydée estrenaría su primer disco suyo y más adelante irguió la majestuosa obra creativa de nuestra irrepetible Marta Valdés con el CD «Palabras». Haydée demostraba no ser una cantante más dentro de las cantantes cubanas. «El problema de las cantantes cubanas, salvo raras excepciones, es la estaca que llevan en la silla turca», me decía un músico amigo que tuve, ya fallecido, «por eso siempre articulan un repertorio de canciones deplorables y de mal gusto».

Pero, por fortuna para nosotros los cubanos y latinoamericanos, ese no es el caso de nuestra Haydée Milanés. Todo lo contrario. Ha dado suficientes muestras de que sabe cultivar su cálido y revolucionario contenido estético en cuanto a las canciones que interpreta de los demás y las de su autoría. Todos los temas llevan su sello personal e inconfundible. Además de cantante, es compositora, arreglista y productora musical. Debe destacarse el papel preponderante de apoyo que desempeña en su vida personal y artística su actual compañero y manager Alejandro Gutiérrez.

Haydée recién obtuvo el premio de la especializada Billboard. Su CD Amor en homenaje a su padre fue seleccionado para formar parte de los 50 mejores discos de los últimos diez años de la discografía mundial. Este premio lo obtuvo junto a los CD de los cubanos Chucho Valdés y Cachao. Haydée ha cantado junto a Marta Valdés. Omara Portuondo, Pancho Céspedes, Fito Páez, Chico Buarque de Holanda, Kelvin Ochoa, Joaquín Sabina y Carlos Varela, entre otros.

Cuando escucho cantar a Haydée Milanés en sus conciertos me resulta agradablemente imposible mantener quietos mis lagrimales. Haydée me emociona hasta los tuétanos. Debo tomar el pañuelo y secarme los ojos. Varias veces he pensado que ello se debe a que una tarde, siendo muy pequeña, la vi cantar de modo singular nuestro himno nacional, hecho que metafóricamente le he dado en llamar «su temprano y fantástico debut».

Otra razón es que la vi muchas veces jugar con mis pequeños hijos Ivón y Fidel, y, sobre todo, que he descubierto con recogimiento que Haydée con su canto —que no solo lo hace de manera brillante— sino que su voz llega hasta la butaca donde me encuentro y logra zarandear mis emociones. En otras palabras, Haydée, no tengo duda, sabe ir a la caza de los sentimientos más profundos de los espectadores.

Así lo creo. Y ese don, por fortuna, nació con ella.

Imagen Destacada: Leandro Feal