Para que el hombre
llegue a expresar un esplendor
tiene que nutrirse de misterio

José Lezama

Traté por todos los medios de concentrarme en la lectura. No podía. Al parecer mi desconcentración estaba de fiesta. Mi mujer se había marchado por unos cinco días. Tal vez, siete, me dijo al despedirse. Ahora me dije: no es para tanto. De nuevo, intenté leer. Inútil. Mi vista no alcanzaba el segundo párrafo de la tercera página. Apagué la lámpara. El imsomnio está sumergido en la benévola, pensé, como llaman los griegos a la noche. Al poner mi cabeza sobre la almohada, listo para emprender el sueño, el olor sensual de mi mujer me embriagó. Su aroma, como perfume indescriptible, se encontraba esparcido por las sábanas y en toda la habitación. No abrigaba la menor sospecha de que la amaba. Cuando la conocí me sentí desnudado ante sus ojos negros. Le inventé un montón de poesías pésimas que sólo un hombre desquiciado puede escribir. Mas le gustaron todas. De esto hace cinco años.

Su divorcio y las tremendas discusiones con el exmarido yacen, hace mucho, en el campo de la batalla pasional que de tanto tiraencoge al final se les hizo tedioso a los dos. El olvido, como casi siempre suele ocurrir después de tales reyertas, venció a la memoria. Incluso Vivian, la hija de mi mujer, superó rápidamente los pequeños desajustes psicológicos provocados por la separación de sus padres. Nunca pensé que yo pudiera resultar para Vivian un aceptable sustituto paterno, incluso muy pronto me nombró mi Papacito de miel. Soy, en realidad, poco expansivo. Técnicamente, un perfecto introvertido. Pero mi casa y mi familia marchan bien. Sólo que, como me encuentro al borde de los cincuenta, para mí de modo inesperado, la imagen de mi mujer no me abandona. Me obceca deliciosamente. Me sentía con ella muchas veces como idiotizado, pero dichoso.

Ahora me relajé todo lo que pude. Quería dormir. Naturalmente, lo necesitaba. Un ligero sobresalto me sacó del entresueño. Eran los diálogos de una película y su banda sonora que provenían de la sala. Me senté en la cama. Encendí la lámpara. Me encaminé hacia donde estaba la tele. En efecto, el televisor estaba encendido, vi que era un film en blanco y negro, donde el protagónico huía de sus perseguidores y deduje en seguida que la música era tan mala que por sí misma bastaría para liquidar al fugitivo. Apagué el aparato y me fui a la cocina. Llené un vaso de agua y, mientras bebía, me persuadía de que la televisión estaba bien apagada cuando decidí irme a dormir. Pensé en Vivian, en sus amigas que fueron recogidas puntualmente por sus progenitores. Imposible. Ella, sin falta, fue para su habitación a más tardar a las once de la noche. Por demás, recordé la despedida y su semblante lleno de cansancio. Me fui a mi cuarto. Al atravesar el pasillo vi entreabierta, ligeramente, la puerta de su recámara. Observé que su interior estaba a oscuras y en absoluto silencio. No llamé. No pregunté. Algo perturbado, proseguí hacia mi habitación. Vivian no acostumbra, me dije, nada, simplemente voy a dormir. Sin embargo, estuve como una hora o más dando vueltas en mi cama. Ahora, además de la imagen de mi mujer, me perseguía la intriga de lo que acababa de suceder. Repasé el comportamiento de Vivian. Sus últimos cambios. Físicos, sobre todo. Porque mentalmente seguía siendo tan niña como siempre. Casi trece años, pensé, pero dentro de lo normal. Ella está en las puertas de la adolescencia, me dije, edad en la cual, como su acepción sugiere: reina la inexperiencia. Presentí que mi mente era presa de un determinado pavor. No sabía si llamarle así. Tal vez, zozobra, alarmante desasosiego, amarga amenaza o la estupidez de un idiota, ¡qué sé yo! Pensé incluso en mi posible «doble», si era cierto que pudiera existir. Al imaginar su compañía, lo maldije. Quizás hasta lo insultaba injustamente. Pero de todas formas, lo llené de improperios. Me convencí de que un hombre de mediana cultura podría un buen día, perfectamente, cometer un crimen. Un hombre que no quería hacerlo pero lo realizaba, hasta lúcidamente. Incluso, colectivo.

Abrí la ventana de mi cuarto que daba al parque, uno más del montón de los que se han metamorfoseado en La Habana de forma deprimente. Miré hacia los bancos de cemento de desafortunada hechura, diseminados bajo arbustos que ofendían a los árboles frondosos ya desaparecidos. Lamentablemente era un parque que tenía fama de jaleos pornográficos y hasta de violaciones sexuales. Hechos criminales que nunca se publicaban. En los medios mediáticos cubanos no tiene cabida tal tipo de noticia, me dije, se le califica de crónica roja, como si la sangre lavase por sí misma la sangre. Cerré la ventana. Entonces le pregunté a mi «doble» asesino: «¿Cómo te sientes, estás feliz de haber deseado desatar una guerra nuclear, estás contento, de qué te sirve toda tu asquerosa sabiduría, acaso quieres que me vaya de excursión a ese cochino parque y meta la lengua en alguna garganta?, ¡dime, pedazo de cabrón!» Así proseguí, pero en determinado instante que no pudiera precisar, tanto mi acribillado «doble» como yo, marchamos sin deseos hacia lo desconocido y finalmente nos quedamos dormidos.

El reloj despertador abrió mis ojos. Sentía mi cabeza como si hubiera estado en pie toda la madrugada. Procedí al aseo. Me vestí. Reexaminé los pormenores de la noche pasada. Vivian me dejó listo el desayuno y un mensaje escrito sobre la mesa del comedor: «Buenos días, dormilón, mi Papacito de miel, ayer, como sabes, vinieron varias amigas, pero mañana tengo exámen de álgebra y hoy vienen otras a estudiar, como siempre sus padres vienen por ellas, ah, lo olvidaba, una va a quedarse a dormir conmigo. Por favor, no te burles de ella ni jugando: es flaca, apenas habla y da la impresión de ser algo antipática. Besos, Vivian.» Doblé el papel y lo guardé. Solo tomé el café con leche y después dos tazas de café. Con todo, cuando pasé por mi laptop la vi abierta y antes de cerrarla leí asombrado en la pantalla una frase: «Creo en el imperio del secreto». Cómo era posible, me dije, quién rayos había escrito ese dictamen en mi computadora. Me fui al trabajo, convencido de que no sabía nada acerca de ese extraño mensaje. Pensé en mi mujer. No, ella no podría debido a la lejanía. Después mis pensamientos se fueron hacia Vivian y seguidamente a sus amigas. No, de ninguna manera, todas eran adolescentes llenas de candor. Pregunté a mi «doble» asqueroso que estaba espejeado en mi cerebro. Éste me volvió a inocular el veneno del demonio y hasta logré que por algunos instantes me sintiera un pervertido, un degenerado.

Todo el día trabajé que parecía un zopenco.

Exprofeso regresé a casa antes de caer la noche. Vivian conversaba con sus amigas. Nos saludamos. Súbitamente, y como es característico en ella, amorosa, me abrazó y besó, auténticamente, como una verdadera hija y me clamó: «¿Cómo está mi papucho de miel, con mucha hambre, verdad?» «No, Ojosbellos, sabes que no soy de buen comer», le repliqué sonriente.

Desde los siete años así me apodaba Vivian: Papacito de miel; un buen día descubrió junto a su mamá que yo era fanático a la miel. Alguna gente pudiera confundirse con ese apodo, no sé. Yo la llamo la Princesa de los Ojosbellos, porque sus ojos son transparentes, limpios, grandes, armoniosos; armoniosos sobre todo, como armoniosa es su graciosa y delicada figura, pero, especialmente, porque nunca sus ojos están tristes. Vivian es parecida a su madre. Tal vez idéntica, pero más hermosa. Me bañé. Seguí pensando. Estaba rumiando y desperté a mi despreciable y lascivo «doble». Entablé con él una conversación. Freud se frotaría las manos, pensé, aunque ello me importaría realmente un comino. Confiaba en mi capacidad casi clarividente.

Regresé a la sala. Ingerí algo de la comida servida. Miré a los ojos de Vivian. Traté de dar con alguna clave, una señal. Me descubrí nervioso. Iba perdiendo el control de mi conducta. Revisé, tímidamente, lo confieso, la cocina. No había mensajes ni notas escritas. Vivian y sus amigas proseguían dándole curso a su amena conversación, la cual giraba sobre infinidad de temas. Gritan, en lugar de conversar, pensé, son alegres, repentistas, es la edad en que no existe la memoria, como tampoco el olvido. La edad absoluta del «hoy» y tal vez del «mañana», en términos de «dicen que mañana», o «qué podrá salir en el examen» o «este sábado a la playa», es la edad, en suma, del apetito ciego de la vida, sin destino ni rumbo, pero de la vida: sin sombra de muerte. Mi lastimoso «doble» ahora me estaba felicitando. Incluso me dio unas palmadas en el hombro y me dijo: «Vaya, ahora sí estás cerca, por ahí estás llegando, continúa, mira, en ese grupo de muchachas no hay ninguna que quiera conectarse con nosotros, de veras, en todo caso hay una sola y tal vez otra que son la mitad del fantasma que tú fuiste en una vida anterior, digo que fuimos, vaya, sencillo, lo que comunmente se le denomina la media naranja, sí, ellas quieren empatarse contigo esta noche para formar una única unidad, vaya, un solo fantasma, uno solo, o acaso tú que eres mi «doble» ¿no crees en los fantasmas?, no, eso es imposible».

Como he perdido el autodominio, decidí despedirme de Vivian y de sus amigas, que seguramente habían estudiado toda la tarde para el exámen. Dije que estaba cansado y casi todas me despidieron contentas. Vivian hizo un aparte conmigo y me pidió que me esperara un rato. En efecto, dentro del grupo pude divisar a la flaca de pelo corto que no hablaba, solamente dibujaba figurillas de modo obsesivo sobre hojas en blanco y no miraba ni hablaba con nadie. Los padres llegaron y se llevaron a sus hijas. No obstante, poco después escuché que la flaca y Vivian discutían de manera agria y en pleno desencuentro. Desconocía los motivos de esa discusión. Solo supe que llegado un momento, Vivian me pidió que la llevase a su casa y que ella vivía en la barriada de la Víbora. Tomé mi carro y la llevé. En todo el trayecto la delgada muchacha no dijo una sola palabra. Se le notaba a simple vista que iba disgustada. Al llegar a su casa, bajó del carro y solo me dio el adiós y las gracias.

Regresé a casa y al entrar comprobé que Vivian ya se había ido a su cuarto. Cerré la puerta de mi habitación. Me di perfecta cuenta de que mi experiencia para desenredar el nudo de cualquier entramado estaba descalificado. No conseguí esclarecer nada. Yo era un verdadero fiasco. Traté de tranquilizarme. Quizás en muchos hospitales psiquiátricos o caminando por la calles, pensé, se hallarían enfermos más lúcidos que yo. No atendí a mi «doble». Le dí patadas en la cabeza y en las costillas mientras me hablaba y también lo llené de agravios. Hasta pude escupirle el rostro. Ni siquiera quise darle el adiós. Me entregé a la lectura. Pensaba en mi mujer. Me aguijoneaba una asquerosa culpa. Me dije que en realidad no había ninguna culpa de parte mía, ya que no había sucedido absolutamente nada. Con esa mentira bondadosa que yo mismo me construí y entregándome a leer el libro de poemas finalmente me quedé dormido.

Sin embargo, más adelante y de repente, un hecho insólito me sacó de mi intranquilo adormecimiento. Miré el reloj. Eran las dos de la madrugada. Escuché una música que llegaba desde la sala. Me dije: No, no puede ser. Fui a la sala y vi que estaba encendida. También lo estaba el equipo de música, por supuesto, y escuché los versos de una canción de Pablo Milanés: porque siento el dolor / que otra vez me asaltaría / yo no quiero sufrir / yo prefiero partir / y buscarte en otra vida…

Apagué el equipo y la luz. No quiero pensar, me dije. Mi «doble», otra vez me acechaba. Tal acechanza me obligó a recordar la escena de la película «Alguien voló sobre el nido del cuco» de Milos Forman, en la cual Jack Nicolson le preguntó al psiquiatra: «¿Usted ha visto alguna vez a una adolescente desnuda?» Ahora me sentía más repugnante que mi «doble». Ahora sentía, paradojicamente, que yo lo envidiaba y él me idolatraba. Mi «doble» me imploraba y me repitió frases estúpidas, animalezcas, primitivistas. No quiero pensar en nada, me dije con sobrada resolución.

Estoy ahora completamente solo conmigo mismo, pensé, como en un desierto lleno de persecuciones cautelosas, que suelen ser las más peligrosas. Cuando atravesaba el pasillo hacia mi habitación, observé que la puerta del cuarto de Vivian estaba de nuevo entreabierta, si bien algo menos entrejunta que la noche anterior. Del interior de la habitación solo brota la oscuridad y el silencio, me dije. Pasé hacia mi recámara con los nervios desechos. Mi respiración era entrecortada y dificultosa. Debo tener por mi fogaje corporal, muy alta la presión arterial, pensé, puede que en cualquier momento me dé un infarto. Ya nada me sorprendería. Me senté en mi cama. Agarré el libro de poesías que estaba sobre la mesita de noche. Lo abrí al azar. Quizás buscaba la manera de que un verso me perdonara la vida. O, tal vez, me diera sosiego. Sin embargo, leí estupefacto: En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad. Poned atención: un corazón solitario no es un corazón.

Tomé una decisión imperdonable. Me quité la ropa. Me acosté desnudo en pleno delirio del descuido. Dejé entrejunta mi puerta. Deseaba fervientemente que entrara el demonio o mil demonios juntos. Mi «doble» intentó reconfortarme con sus estupideces y me reiteró: «Cuando Romeo estuvo con Julieta, ambos tenían doce años de edad». Entonces, irremediablemente, todos los crepúsculos lunares de las pesadillas que no lograba recordar cayeron de golpe en mi cerebro. Esperaré. Decidí esperar. Pasó media hora, una hora, tal vez menos o más, no sabría. Estoy atónito, pensé. De súbito sentí que se abría la puerta, lentamente. Ahora esperaba el desastre. Pensaba en el mensaje «Creo en el imperio del secreto». Traté de tranquilizarme. Será una experiencia demencial, exclusiva, me dije, decididamente siento que mi navío se hunde.

Escuché ligeros pasos, demasiado ligeros, de esos que se dan para no despertar a la persona que duerme. Un cuerpo se deslizó como una gata en mi cama. No respiré ni abrí los ojos. Ahora creía sentir unas manos inexpertas que me acariciaban y unos labios virginales que me besaban. Un susurro femenino casi desconocido ante mi excitación, me saludó con deseos telúricos de ajusticiarme. Quedamente, entre besos y caricias, me musitó: «Mi amor, es culpa mía, quería sorprenderte, ¡estás que ardes!, todo es culpa mía, así lo quiero y no me importa nada más, escucháme bien, todo lo mío ¿de quién habrá de ser, eh? También, ¿no? ¿Es tan difícil de comprender aunque no lo entiendas?

No dije media palabra. No podía. Estaba completamente trastornado. En esos momentos la sombra jocosa y burlona de mi «doble» atravesó la habitación. Yo, entregándome al regocijo del sexo, ahora sentía que mi «doble» me golpeaba, ahora era él quien me pateaba y me decía frases indignas e indescifrables: «¡Estúpido! ¿Comprendes? ¡La culpa no es tuya! ¿Todavía no crees en el imperio del secreto y sigues creyendo que los fantasmas no existen? Bueno, ahora los fantasmas del pasado invaden tu presente. ¿Qué te parece? Ah, por cierto, a nadie podrás explicarle ese lío misterioso en que ya estás sumergido. Sabes, hay juegos peligrosos en la vida que se abren y nadie se atreve a cerrarlos.»