Los autores literarios y la crítica especializada indican que Gabriel García Márquez nació en Colombia en 1928. Viajó a Bogotá en 1940 para estudiar Derecho con los padres jesuitas cuyas concepciones de enseñanza no le gustaron. Al fracasar en sus estudios de Derecho, decidió estudiar periodismo. Leyó a Kafka y descubrió con “La metamorfosis” que podría llegar a ser escritor. Publicó cuentos en el periódico “El espectador” y fue contratado como redactor.

Luego el periódico lo mandó a Roma como corresponsal. En esta ciudad se relacionó en 1954 con los círculos cinematográficos experimentales. Luego se fue a París (1956). Aquí, gracias el dictador Rojas Pinilla, quedó desempleado. En medio de una penosa penuria económica escribió sus cuentos “La hojarasca” (1955), “El coronel no tiene quien le escriba” (1961) y “Los funerales de la Mama Grande” (1962).

Se casó en 1958 y viajó a Caracas para proseguir su actividad periodística. Sus relaciones con los políticos izquierdistas de Francia y con Europa oriental lo designaron como futuro director de la nueva Agencia Prensa Latina en Colombia, cuando la Revolución Cubana (1959). En 1960 fue enviado a New York para representar a Prensa Latina ante la ONU, pero la politización excesiva que le exigían lo llevó a dimitir.

En 1961 se radica en México donde sus amigos le ofrecieron la posibilidad de escribir guiones cinematográficos. Sin embargo, García Márquez seguía escribiendo sus cuentos. Su intención era publicar en un solo libro, “La mala hora” (1962), una cantidad de situaciones, de retratos, de historias que finalmente tomaban dimensiones más amplias, relieves más fuertes. Le fue necesario publicarlas aisladamente. Sin embargo, ya estaban reunidas en la mentalidad del autor.

El lazo unificador es esa localidad tropical que García Márquez llamó Macondo, pueblito ignorado de los geógrafos pero muy parecido a la aldea donde vivió su infancia, entre los platanales, a orillas de un río por donde llegaba cada semana un barco con las escasas noticias del mundo exterior, sobre todo cuando lo permitía la estación de las lluvias.

La prosperidad traída por una compañía bananera abandonó el lugar cuando ésta desapareció, pero la población, que no podía buscar solución económica fuera, conoció cada día una situación más difícil, ampliada por la desesperación y la apatía tropical. El bandidismo se multiplicó. Se difundieron las epidemias y crecieron, poco a poco, una atmósfera de prevención, de sospecha, de hostilidad y de violencia.

El bochorno y la sequía agotan la reserva del pueblo, y la población espera un milagro para salir de la inercia y conocer días mejores. La minuciosa evocación del ambiente de Macondo puede extenderse a una cantidad de aldeas, pueblos y ciudades tropicales donde numerosos coroneles sin recursos, curas sin discípulos, agricultores sin campos, esperando un milagro que no se realiza.

Entre todos los personajes que forman este pequeño mundo mezquino, de su lado y miserable, la figura del viejo coronel que espera su jubilación es la más extraordinaria. Viejo, chocho y lunático, figura cómica y patética a la vez, conoce una miseria total en una casa hipotecada, con una mujer enferma y un gallo que no sabe cómo alimentar.

Extesorero de fuerzas revolucionarias que fracasaron en su rebeldía, tiene derecho a una indemnización que espera sin tregua durante años y años. Se ha valido de un abogado que complica todo en vez de traerle dinero, y sus gestiones y solicitudes se pierden en los trámites burocráticos y en las esperas sin fin. Mientras tanto su hijo Agustín ha sido muerto con motivo de sus actividades revolucionarias.

Un día al viejo coronel se le ocurre la idea de que su gallo podrá conseguir una victoria en las riñas públicas y ganar todas las apuestas. Decide vender su casa y sus muebles, reducir todavía su alimentación para poder engordar al gallo. Pero cuando las cosas van por otro camino, vacila en vender el animal al rico don Sabas, por orgullo y prestigio.

Nuevo Don Quijote, lo mantiene el valor y el optimismo. Espera todo el invierno hasta que venga la primavera para poder volver a comer decentemente. Cuando vuelva el sol, decide el viejo coronel plantar rosales, aunque su mujer le advierta que serán comidos por los puercos. Y le contesta además a ella: “¡Lo que debe ser buena una comida de cerdos engordados con rosas!”.

Aparece así como un ser penetrado de optimismo cabezudo, figura humana y sensible, debilidad de nuestra misericordia a pesar de sus acciones absurdas y de su falta total de realismo. La ironía de García Márquez está siempre presente en sus descripciones, sus diálogos y sus personajes. Los caracteres masculinos, caprichosos, versátiles, orgullosos y débiles a la par, contrastan con los femeninos, sensatos, constantes y firmes.

Más adentradas en la realidad de la vida, las mujeres revelan gravedad y decisión adecuada. Están al tanto de las circunstancias y facilitan por sus consejos los actos varoniles. Ni seducción, ni erotismo, ni sensibilidad excesiva. Aparecen como respaldados, apoyos, recursos de sus compañeros.

Destaca García Márquez en la observación psicológica, y sabe individualizar y humanizar también a sus personajes. La ilusión es una de las características de Macondo. Así es deliciosa la historia de este carpintero que fabrica una jaula para pájaros maravillosos para ofrecerla al hijo de un hombre poderoso y rico. Cuando le rechazan su oferta se va después por la ciudad gastándose el dinero que hubiera debido cobrar por su trabajo.