Los villanos

Algo de bueno nos sucede siempre, como lectores, cuando examinamos en cualquier novela la vida de los villanos. Especialmente, porque al leer vamos en busca de los aspectos positivos que puede encerrar la vida de un hombre infame. El factor humano remolca la vida de cualquier hombre. Y ese factor lo ridiculiza, lo sepulta, o lo humaniza.

En literatura se afirma que lo cambiante en cualquier trama son las condiciones y no los personajes. Por tanto, en cuanto al quehacer autoral, es difícil hallar virtudes entre los defectos del villano o sencillamente destacar algo que sea positivo en su personificación.

Por ejemplo, llevada esa dificultad de la literatura a la dramaturgia, Stalisnavski, durante su apasionado aprendizaje actoral que luego lo transformó en el encumbrado experto universal de las artes escénicas, en un momento determinado, afirmó: Cuando describan a un niño traten de que en algunos momentos actúe como un joven y viceversa. O al diseñar un hombre bueno intenten dotarlo de algunos aspectos negativos.

En base a lo anteriormente descrito, la novela Adiós Arizona está poblada de villanos que deambulan impávidos por sus páginas, y, algunos, como Darío Figueroa, hasta lo hace con desmesurado cinismo. Sin embargo, sin percatarse de los cambios que la propia vida le impone, tampoco Darío pudo escapar a los sorpresivos giros que otorga la condición humana.

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