¡Pom, Pom!

Luego de la publicación de la novela Paradiso, se abrió un distanciamiento amargo entre Lezama y las autoridades ministeriales encargadas de atender la cultura en Cuba. Esta ruptura suscitó el silenciamiento oficial de la obra lezamiana y de la aparición de su nombre en los medios. Tiempo después, las referidas autoridades ministeriales rectificaron esa funesta posición. Se publicaron sus libros e innumerables trabajos críticos sobre el poeta y, sobre todo, aparecieron ensayos de homenaje y reconocimiento a su quehacer literario. Con todo, en esa soterrada batalla del arte de Lezama contra sus detractores que lo habían condenado al confinamiento, definitivamente, y gracias a su inspiración innovadora y rebelde, emergió triunfante el poeta.

“Querido amigo: Leo Paradiso poco a poco, con creciente asombro y deslumbramiento. Un edificio verbal de riqueza increíble; mejor dicho, no un edificio sino un mundo de arquitectura en continua metamorfosis y, también un mundo de signos —rumores que se configuran en significaciones, archipiélagos del sentido que se hace y deshace— el mundo lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable, que está ante la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma”, fragmento de carta a Lezama de Octavio Paz —Premio Nobel, después. Otros escritores, como Cintio Vitier, Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa —a la postre también Premio Nobel— entre otros, alentaron con firmeza a Lezama y festejaron su Paradiso.

En mi caso, leí despacio la novela Paradiso, como quien lee la Biblia, y, además de sentirme arropado por una cubanidad inolvidable, hallé un pasaje narrativo —estudiantes y soldados se enfrentaban en una manifestación memorable— donde pensé que Lezama le hacía un guiño a Nicolás Guillén —Cantos para soldados y sones para turistas (1937)— al bosquejar la interrogante de que el narrador de Paradiso “sabía la causa secreta de esos dualismos de odios entre seres que no se conocen… el que sale a buscar la muerte y el que sale a regalar la muerte.”

Luego descubrí con mucho placer, cual si comprobase las misteriosas coincidencias que se obsequian los poetas, que Lezama, al arribar a un cumpleaños cimero, junto a dos coetáneos artistas amigos, recibió de Guillén este simpático y cubanísimo regalo bajo puntual toque timbalero:

¡Pom, Pom!

De una manera fatal
el tiempo pasa,
repicando un gran timbal
de casa en casa.

Atención.
Pom, pom.
Lezama llega, llegó.
Pom, pom.
Augier lo sigue, siguió.
Pom, pom.
Dora sonríe, sonrió.
Pom, pom.

Lezama, sesenta.
Pom, pom.
Sacar bien la cuenta.
Pom, pom.
Ay Dora, no mienta.
Pom, pom.
Augier lo sustenta.
Pom, pom.

En regla de tres,
raíces cuadradas,
envés y revés,
tangente tajada,
cosenos después,
con tres por sesenta,
arriba aquí es,
saquemos la cuenta,
saquémosla pues,
son ciento ochenta,
caramba,
son ciento ochenta,
caramba
son ciento ochenta.
Sumando los tres.
¡Pom!

(19 diciembre 1970)

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