Popeye tiene amigos semejantes

Cuando la hermosa joven entró en la ruinosa granja que se dedicaba al tráfico ilegal de alcohol (corrían los años veinte del siglo pasado en el Sur de los Estados Unidos), lo hizo acompañada de un colega escolar. Ambos eran jóvenes pudientes. La muchacha, curiosa y despreocupada, exploraba lentamente esa granja, la cual estaba habitada por una magra pandilla de delincuentes. Ella en su deambular siempre daba la impresión de estar extraviada. Entraron a la destartalada casona y luego inspeccionaron un desordenado almacén. El colega escolar, sin embargo, enseguida abandonó la ronda y se regresó a la ciudad, dejando sola a la joven. Temple, así se llamaba ella, poco después topó con la banda de malhechores. La pandilla de traficantes estaba capitaneada por Popeye, quien, como los otros cuatro compinches, deseaba poseer sexualmente a la apetitosa joven de dieciséis años.

Así comienza a desarrollarse la trama de la novela «Santuario» de William Faulkner.

Temple, hija única de prominente juez que residía y trabajaba en la ciudad cercana a la granja, parecía que pronto se convertiría en presa sexual de Popeye y sus secuaces. En la mitad de la historia de la novela, como lectores, no logramos comprender por qué razón la muchacha, que no está amarrada ni sujeta a cautiverio físico alguno, permanece en la granja, inmersa en un soterrado divertimento que no logramos discernir del todo. Por mucho que nos esforzamos, ese dato revelador no aflora en la narración. Y se vuelve intrigante. Con todo, más adelante vamos descubriendo con estupor, que la muchacha que imaginamos víctima es una victimaria: ella seduce a los integrantes de la pandilla y logra que ellos, poco a poco y paso a paso, se maten entre sí.

Popeye es el único que permanece con vida hasta que es detenido por la policía —la cual, antes, ha rescatado a la “desdichada” muchacha hija del poderoso juez. Debido a su brutal infancia, Popeye, además de no tener escrúpulos, es sexualmente impotente. Cuando enfrenta la desnudez de la joven, decide desvirgarla con una mazorca de maíz, y luego permite, derrotado o atrapado por una morbosidad enfermiza y sin fondo, que uno de sus secuaces, posea a la joven delante de sus ojos.

Por decisión del juez poderoso, y basado en la denuncia de su hija, Popeye es llevado a juicio y condenado por asesinar a uno de sus secuaces y haber secuestrado a la joven.

El final de “Santuario” es tan inesperado como sorpresivo: en un lujoso hotel en Paris, Francia, la joven victimaria con su padre juez acaudalado, festejan a lo grande unas bulliciosas vacaciones en la Ciudad Luz.

“Santuario” nos revela la certeza de que no hay ni habrá régimen social que pueda eximir a los seres humanos de tener que coexistir con personajes como los de Popeye y la joven victimaria. Tampoco habrá democracia —casi todas imperfectas, como ya sabemos— que pueda impedir el surgimiento y desarrollo de la maldad y baja catadura moral de ciertas personas, independientemente de su origen, instrucción escolar y posición social que ocupen en la sociedad.

En la arquitectura de mi novela “Adiós Arizona”, yo quise rendir homenaje al gran William Faulkner, que era el escritor paradigmático de otro grande de la literatura universal: Gabriel García Márquez.

Por ello, cuando leí “Santuario” de Faulkner, recordé las palabras de Boris Pasternak, el autor de “El Doctor Jivago”; cuando dijo: «Admiro a Hemingway, pero prefiero lo que conozco de Faulkner. “Luz de agosto” es un libro maravilloso. El personaje de la pequeña mujer embarazada es inolvidable. Mientras ella viaja a pie de Alabama a Tennessee, quienes nunca hemos estado allí captamos algo de la inmensidad del Sur de los Estados Unidos, de su esencia.»

El asesino en serie que atraviesa “Adiós Arizona” es parecido a Popeye, aunque quizás mucho más confundido que Popeye. E incluso Remy Rangel, el protagónico de “Adiós Arizona”, es un personaje totalmente opuesto a Popeye, pero muy semejante en cuanto a palpar la desolación humana que lo aprisionaba.

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