¿Premonición Lezamiana?

Hace más de 66 años, nuestro José Lezama Lima escribió:

La mar, de color de plata, entorna marmóreo el coro e los funerales de Agamenón, contempla impasible la muerte del hombre de guerra. En la muerte del héroe, en la caída del hombre de guerra, cuando se levanta la pira con sus instrumentos de muerte incesante, dóblase la lamentación, se hace marina en su fatalidad. No la imposible muerte puede ser representada, sino la noticia de su secuestro, de que una nube bermeja lo trasportó a otras praderas que reclamaban nuevos héroes. En la muerte de Antonio Maceo, parecen prolongarse los propios ruidos de las armas entremezcladas. En las luces de aquella pelea se prolongan otras luces de otros muchos combates. De una militancia que no se extingue, de una pelea que siempre está rodando. La necesidad de que ese combate perdure más allá del crepúsculo y el alba, sorprendiéndonos siempre de que esa batalla está tensa, con la misma tensión de una convocatoria para las militancias que necesitan de la batalla que no cesa, que vuelve con sus bandazos como la resaca del mar en la noche.

Pascal nos decía que solo creía en los relatos de los testigos que habían muerto en la batalla. ¿Cómo creer, en efecto, a los que han podido sobrevivir a la batalla, por el acaso, la huida o un destino más propicio? En la terrible paradoja de esa frase, parece latir el más creador sentido de la historia. Si para hacer relatos es necesario ser destruido por la misma batalla que se narra, es que hay una forma superior de testificar. Recordemos que en griego testigo y mártir quieren decir la misma cosa. Para ver la batalla hay que ser su mártir, haberla atravesado como la última de las justificaciones. Pues en realidad el máximo de la contemplación es morir anegada en el espejo de su propio río.

Ya los griegos habían decidido que los héroes tienen que morir para que existan cantos. Al existir en nuestras batallas un testigo en el sentido pascaliano, como Antonio Maceo, tiene que enarcar una acción presidida y concluida en cantos. Los cantos de guerra que preceden al batallar, parecen ser como el nacimiento de un eco, de un remolino que comprueba, que testifica, que relata el misterio que nutrió la batalla.

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