Los críticos y los autores indican que Alejo Carpentier (1904-1986), contemporáneo de Asturias, Gallegos y Ciro García, nació en La Habana de padre francés, arquitecto, y de madre rusa que estudió medicina en Suiza. Sus sangres, mezclando lo europeo y lo africano, le facilitaron el estudio de la magia negra de Cuba en su primera obra narrativa, “Ecué-Yamba-O” (1931). El ámbito familiar le comunicó el espíritu liberal imperante en Francia a principios del siglo XX. Después de haberse brevemente ocupado de arquitectura, el joven Carpentier empieza sus primeros pasos de periodista hasta llegar a dirigir una revista: “Carteles”.

Protestas activas contra la dictadura de Gerardo Machado en su país lo mandan primero a la cárcel y después al exilio. Un poeta surrealista francés, Robert Desnos, va a decidir sobre su porvenir literario. Le ofrece su pasaporte para pasar clandestinamente a Francia. Allí lo encontramos otra vez para colaborar en una revista célebre: “La Révolution surréaliste.” Captó además, por sus frecuentaciones francesas, el gusto, la ciencia de lo maravilloso, este culto del “realismo mágico” que denominó lo “Real Maravilloso” para traducir la conciencia de las proporciones gigantescas de América, de su desproporción con la pequeñez del hombre, de los contrastes entre la técnica futurista y la condición medieval del indio, la armonía y la confusión de las concentraciones urbanas, la oposición evidente entre las ventas de lujo y los mercados indígenas.

Al dirigir una casa editorial y la famosa revista “Imán”, publicada en español, pudo conocer a cantidades de autores y obras, experimentar influencias, recibir influencias, recibir consejos y aumentar sobretodo sus conocimientos musicales. La mayoría de las obras, desde “El siglo de las luces” hasta “El acoso” revelan estos elementos estructurales de la música. Le debemos efectivamente la “Música en Cuba” (1946). Después de una breve tentativa de regreso a su tierra, Carpentier va a España donde conoce a Malraux, a César Vallejo y al crítico marxista húngaro Georg Lukács en plena guerra civil y a su paisano, el poeta Nicolás Guillén. La victoria de los nacionalistas lo expulsa hacia París donde se establece hasta 1939.

Decidido a vivir en su patria, se embarca para Cuba donde se gana muy difícilmente la vida hasta que se le ofrece, en 1943, una oportunidad nueva: el actor francés Louis Jouvet lo lleva con su compañía hasta la isla vecina, Haití, donde tenía previstas varias representaciones teatrales. Carpentier aprende allí cómo fue la vida legendaria del asombroso emperador negro Henri Christophe I. Le seduce la composición teatral que éste se había hecho en su corte, recuerdo mixto de una Francia del siglo XVIII y de sus antepasados africanos. Será la fuente inspiradora de “El reino de este mundo” (1949). Novela que de forma incomparable recrea los acontecimientos que, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, precedieron y siguieron a la independencia haitiana. Estimulado por la prodigiosa historia original y valiéndose de un magistral dominio de los recursos narrativos, Alejo Carpentier embarca al lector, merced al poder de su palabra, en un mundo exuberante, desaforado y legendario en el que brillan con luz propia el «licántropo» Mackandal, en quien se conjugan la rebelión popular y los poderes sobrenaturales, y el dictador Henri Christophe, quien alumbró en su palacio de Sans-Souci y la ciudadela de La Ferrièrre arquitecturas dignas de Piranesi.

“El reino de este mundo”, sin duda, inicia la nueva novela latinoamericana y caribeña.