Aproximaciones al Pensamiento Crítico

Filmación de Algo más que soñar. 1983. Pablo Milanés. Filmación de Algo más que soñar. 1983. Pablo Milanés (Facebook)

El pensamiento crítico, árido y bienhechor, tiene sus orígenes en la filosofía antigua y en disciplinas de fundamentación como la lógica, el arte y la dialéctica. En la sociedad humana, sin duda, el pensar es la mayor transgresión de todas. Por tanto, ejercer el pensamiento crítico, casi siempre, suele ser la revuelta necesaria y decisiva. De este presupuesto se deriva el hecho de que los hombres que ejercen el poder político, en sentido general, no acepten con agrado que sobre sus gestiones alguien practique cualquier tipo de ejercicio crítico. En una ocasión un amigo mío le preguntó a Alfredo Guevara cómo reaccionaba Fidel Castro ante las críticas que recibía sobre su desempeño gubernamental. Alfredo, que fuera su amigo devoto e incondicional, respondió: A mi juicio, Fidel no soporta la crítica, pero no puede vivir sin ella.

En el siglo diecinueve surgieron importantes filósofos como Hegel, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Bauer, Feuerbach, Marx y Engels, entre otros muchos. La interpretación del origen de la vida del ser humano y de su desarrollo social histórico, con sus intersecciones recónditas, fueron el objeto de su estudio, esencialmente, de dónde venimos como especie humana y hacia dónde vamos. Schopenhauer, por ejemplo, desarrolló novedosos conceptos sobre las virtudes del ser humano. Planteó pensamientos fundamentales en su libro que tituló Aforismos sobre el arte de vivir. Sucintamente, el primer concepto trata acerca de lo que el hombre es, o sea lo que hace a lo largo de su existencia. El segundo acápite discurre sobre lo que Schopenhauer denomina lo que uno tiene: o sea, su patrimonio y posesiones de todo tipo. Y en la tercera noción precisa lo que uno representa: bajo esta expresión se entiende, lo que alguien constituye a los ojos de los demás, que en el fondo no es sino la forma en que es representado por ellos. Consiste en la opinión que ellos tengan de él, y se divide en el honor, el valor y la fama. Luego, con pinceladas irónicas, Schopenhauer se asombra de que familias y matrimonios se disputen ante los tribunales —a veces con velado rencor y otras con abierto encono— la herencia o la división de bienes de ese referido patrimonio material. Entonces, llegado a este punto, el filósofo se pregunta: ¿acaso los querellantes no sabrán que del patrimonio nada podrán llevarse a la tumba? De este aliviador presupuesto, Schopenhauer afirma que en todo caso lo único que los mortales se llevarán consigo es la valoración que los demás tienen sobre esa persona que emprendió el adiós definitivo. 

Marx y Engels fueron los únicos pensadores que hicieron barricada a favor de los trabajadores y desarrollaron la divisa de que con la filosofía, además de interpretar el mundo, éste debía ser transformado. La amistad entre ambos fue singular. El Capital es la obra cumbre de Marx. Después de fallecer el amigo, Engels culminó los volúmenes 2, 3 y 4 de esa obra. Marx, como resultado de la iniciativa de su padre que era judío, para poder obtener empleo, tuvo que renunciar a su propia identidad religiosa para incorporarse a la creencia mística que a la sazón era aceptada socialmente por todos. Debido a que Engels era de familia adinerada, decidió amparar económicamente a su amigo para que se dedicara por entero a escribir El Capital que, después de la Biblia, sería la obra más leída por la humanidad a lo largo de doscientos años. En su discurso ante la tumba de Marx, Engels planteó que su amigo había descubierto un concepto meridiano: El hombre antes de hacer política, filosofía, arte, religión o cualquier otra actividad creativa y laboral, primero necesita comer, beber, tener un techo y vestirse. Para Engels, Marx había puesto en su justo lugar todo lo que estaba confusamente patas arriba. Y comentó en sus breves palabras en el póstumo adiós la convicción de que Marx desarrolló en su sabiduría elementos de juicio que los demás filósofos no habían podido avizorar.

Sin embargo, en el espinoso y cuestionado legado de Marx y Engels pueden destacarse hallazgos que el paso del tiempo no ha podido esquivar. En esos años de mediados del siglo diecinueve parecían prédicas que provenían de algún planeta extraviado en el espacio ante la compresión de los terrícolas. Ni siquiera cuando se proclamó con bombo y platillo a finales del siglo veinte que la humanidad en cuanto al marxismo había arribado al mismísimo Fin de la Historia. Si bien las cosas no sucedieron como se esperaba por parte de los detractores. Todo lo contrario. Los dos filósofos amigos escribieron numerosos libros y artículos de extraordinaria importancia para su época que aún mantienen discutible y cuestionada vigencia. Además de escribir, El Moro —era el apodo de lucha activa de Marx en las luchas sindicales— y El General —alias de Engels debido a sus conocimientos militares— jamás dejaron de batallar junto a los sindicatos para alcanzar las conquistas de la lucha obrera. 

He aquí algunas de esas metas programáticas aparentemente desquiciadas que hoy la humanidad ha materializado o las viene o trata de cumplir al pie de la letra. A saber: Los niños no deben trabajar sino ir a la escuela. La educación para los niños debe ser gratuita. No sufras lo que no te gusta, ¡cámbialo! Tu trabajo puede ser fuente de alegría si puedes verte reflejado en los objetos que has creado. Cree en la liberación, en la emancipación y en la necesidad de luchar contra la alineación. El hombre no puede trabajar más de ocho horas diarias. Debes poderte jubilar y cobrar una pensión para la vejez. La gente se ve obligada a vender su fuerza de trabajo, por eso los trabajadores tienen derecho a ser independientes en su creación y sobre todo ser dueños de su propio tiempo. Debes poner fin a la injusticia, a la desigualdad y a la explotación. Nadie se enriquece con trabajo propio, sino gracias a la plusvalía. Detrás de toda fortuna hay un crimen. Al leer los artículos que se publican hoy, llegamos a la rápida conclusión de que, aunque los delitos de los trabajadores fuesen menores, salen mucho más publicados en la prensa que los escándalos políticos o los crímenes de las clases altas. Etcétera, etcétera.

Descubrió Marx, además, la diferencia existente entre las leyes del desarrollo social en cuanto a las normativas que rigen el desarrollo en el arte. Esto explica por qué nadie con el paso del tiempo apenas recuerda quiénes eran los gobernantes en la época del renacimiento y, sin embargo, las obras de arte creadas en ese período se mantienen vigentes por su revolucionaria belleza estética. También Marx descifró que un país altamente desarrollado puede carecer al mismo tiempo de artistas y obras estéticas de renombre y, paradójicamente, en un país pobre y atrasado socialmente pueden darse obras de arte de mucho valor así como artistas célebres. A título de ejemplo destaco dos: Rubén Darío y José Martí que, respectivamente, eran originarios de retrasadas colonias españolas en el siglo diecinueve como Nicaragua y Cuba. 

José Martí admiró la obra de Marx, aunque discrepaba del concepto de la lucha de clases. No veía con buenos ojos que se alentaran unos hombres para echarse con las armas sobre otros. Si bien Martí, más adelante, se vio obligado a organizar y capitanear la denominada Guerra Necesaria —creía que sería breve— contra el colonialismo español. No obstante, Martí, en su articulo que escribió en homenaje a Marx, planteó al final: ¡Ponedse el mundo de pie: ha muerto el jefe de proletariado! 

Marx amaba y defendía el arte. Quiso ser poeta cuando joven, pero en seguida desistió de tal propósito pues pudo comprobar que él no tenía esa sustancia que llevan los poetas en las venas. Entonces Marx decidió, ayudado por Engels, dedicarse por entero a descubrir los entresijos del desarrollo económico de la historia de la humanidad. En una ocasión, Marx comentó que con las novelas de Honorato de Balzac había aprendido más economía que con los libros especializados de la época. Marx y Engels analizaron con cuidado las redes de cooperación que existían en aquel entonces entre gobiernos, bancos, empresas y agentes claves de la colonización. Engels escribió un libro importante en el año 1950 que tituló Las guerras campesinas en Alemania que busca explicar las revueltas ocurridas en el siglo dieciséis en Irlanda que era una colonia de Inglaterra. Este libro influyó poderosamente en el anticolonialismo que Marx asumió junto a Engels. La mujer de Engels, Mary Burns, de clase trabajadora, influyó notablemente en su vida en cuanto al conocimiento de las condiciones de los trabajadores de la Irlanda colonizada. Ellos nunca se casaron por estar en contra de la hipocresía del matrimonio burgués heredado del patriarcado. Debido a Mary Burns, la lucha anticolonialista fue reconocida por los dos filósofos como válida y necesaria. Como genuino predecesor destaca en ese libro de Engels la revolucionaria figura religiosa de Tomas Muntzer que, tiempo después, de modo profético, emularía con la del sacerdote Oscar Arnulfo Romero, más conocido como monseñor Romero, asesinado en el siglo veinte y canonizado después por el catolicismo.

Pero ahora doy la palabra a los poetas que, a diferencia de los filósofos, parecen flotar con sus versos en el centro de la oscuridad en busca de una mínima luz que ilumine el camino del hombre y por ello practican y ejercen su pensamiento crítico. Entre muchos, varios vienen a mi memoria. José Lezama Lima, que en 1966 saca a la luz en Cuba su novela Paradiso, la cual fue objeto de la critica y la censura por parte de las autoridades cubanas. Varios intelectuales, como Cintio Vitier, Julio Cortázar y Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, salieron en su defensa. Octavio escribió: La obra de Lezama Lima se despliega en otra dirección. Se ha dicho que su quehacer literario y sus poemas son informes. Creo lo contrario: son un océano de formas, un caldo criollo en el que nadan todas las criaturas terrestres y marítimas del lenguaje español, todas las hablas, todos los estilos. Ese hervidero de formas seduce y aterra. Lezama Lima ensancha los límites de la obra y pone a la disposición del lector no un libro sino lo que sobrevive de los libros. 

Pablo Milanés aprendió a ejercer su pensamiento crítico en el seno de la Revolución cubana. Mas por este atrevimiento ha sufrido por parte de las autoridades estatales cubanas la critica y hasta la censura solapada y dañina. Alguna de sus canciones han sido censuradas en la televisión y la radio. La dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) ha dado instrucciones para que se difunda la obra de Pablo, pero siempre amparada en el denominado bajo perfil en cuanto a su divulgación. Sí, en la televisión cubana se muestra mi rostro, pero sin pelos, me comentó Pablo en tono jocoso. En efecto, Pablo suele aparecer en contadas ocasiones en aquellas donde tenía el pelo largo y redondo —espendrún, calificativo que aplicaron los cubanos a ese peinado— que estrenó en los años setenta y ochenta. Ahora Pablo, con su espléndida calvicie debido al indetenible paso del tiempo, jamás aparece en nuestra pequeña pantalla caribeña.

Todavía no sé qué tipo de resorte asociativo surgió en mi mente cuando repasaba las opiniones de Octavio Paz sobre la obra de Lezama Lima, debió haber sido al leer: un caldo criollo en el que nadan todas las criaturas terrestres y marítimas. Sí, tal vez haya sido esa frase de Octavio. No sé. Lo cierto es que de golpe llegó a mi memoria una canción de Pablo que por la fuerza poética y sutileza crítica que emplea, yo siempre la he calificado de ser su canción Testamento. A mediados de los ochenta en la televisión cubana se estrenó el multipremiado serial de diez capítulos titulado Algo más que soñar, realizado de modo minucioso y artístico por el inolvidable Eduardo Moya. Isabel Santos, Beatriz Valdez, Luis Alberto García, Patricio Wood y Rolando Brito, son los intérpretes que dan vida a la historia de varios jóvenes que ingresan en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). A finales de los años setenta en Cuba, las FAR se dan a la tarea de reclutar estudiantes para que se formen como oficiales. El serial desarrolla la trama y los conflictos de esos jóvenes, sus amores, sueños y realidades, desde que se convierten en cadetes de artillería, hasta su participación en la guerra de Angola. 

Cuba participó con hidalguía en esa larga y lejana guerra en territorio africano —como para ofrecer seguramente la gesta que necesitan los poetas y el progreso— esgrimiendo la solidaridad del internacionalismo cubano en aras de lograr la libertad de Angola, Nigeria y Namibia frente al colonialismo europeo y sepultar de una vez y por todas al infame apartheid imperante hasta ese entonces en Sudáfrica, que entre otros encomiables resultados, aceleró la liberación —subrayado en vida por él mismo— del legendario y carismático líder Nelson Mandela; si bien, ya lo sabemos, todas las guerras cuando se desatan, sea como sea, se dirigen sin remedio alguno hacia el mismísimo infierno: de forma contradictoria luego de que se lanzan las banderas y las armas al aire, ellas se encargan de cegar los más caros ensueños del hombre y especialmente los de la juventud. 

Es extraordinario el modo artístico en que Pablo logra agrupar y enaltecer los valores de la existencia épica del quinteto de jóvenes que desempeñaron el rol interpretativo en esa dramática historia como si todos ellos fueran uno solo al mismo tiempo, casi, como exclusivo personaje. 

Examinemos el texto poético de la canción:  

No ha sido fácil

Yo, vine creciendo y me forjé
cual mi generación distinta
a la de ayer.

Soy, continuidad de mi niñez,
que es hija del sudor
de los brazos que amé.

Soy como quisieron ser
pero tratando de ser yo,
ni menos mal
pero en verdad
ni menos bien.

No ha sido fácil tener
una opinión que haga
valer mi vocación
mi libertad para escoger.

Amo sin ver lo que en el futuro
tenga que acontecer
dejo al sentir más puro
florecer.

Ámame sin temor alguno
que yo he de prometer
fidelidad a mi modo de ser.

Yo, yo solo tengo la razón
de quien quisiera ser
mejor de lo que ayer.

Yo, pongo en tu mano el corazón
con toda mi virtud
mi egoísmo también.

Sufre conmigo el error que cometeré
goza también lo que de bien
se ha de lograr sin pretender.

Sube conmigo a encontrar
el eslabón para llegar
a ese lugar que un día soñé.

Cuando la escucho me digo: todo aquel que desee conocer el alcance del pensamiento crítico de Pablo en su obra, solo debe examinar con suma atención el texto de esta canción. Es un poema en movimiento, determinado en las indeterminaciones, contradictorio, como alecciona la vida: en esta canción Pablo sabe alejarse del manido panfleto o de un realismo que al hacerse colectivo, demasiado colectivo, amalgama o borra los verdaderos propósitos estéticos que necesita el ser humano para alcanzar ámbitos superiores. Pablo se instala en el hecho individual de esos jóvenes que protagonizan el serial televisivo Algo más que soñar —que debería ser remasterizado por su desgaste actual— para elevar esa canción central de la banda sonora como una obra de arte majestuosa, representativa de los miles de jóvenes que a lo largo de tres lustros ofrendaron sus vidas con honor. Y este hallazgo estético solo pudo haberse logrado a través de la creación artística, como lo hizo Pablo en esta canción No ha sido fácil que, desde hace mucho, yo la bauticé Testamento, que constituye sin duda legado y herencia para disfrute de las actuales y futuras generaciones.

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