Carlos Fuentes o el advenimiento de una literatura mucho más poderosa

Cuando surgió a mediados del xx el boom de la literatura latinoamericana y caribeña, denominado realismo mágico, entre los escritores que determinaron ese estallido estético estuvo de modo decisivo la presencia y el obrar del escritor mexicano Carlos Fuentes. Su bisabuelo fue socialista alemán que abandonó el régimen de Bismarck para plantar café en Veracruz. La Revolución mexicana expulsó de esta ciudad a ese bisabuelo que acabó como banquero en la capital federal. Por el lado materno, su abuelo era un negociante en Mazatlán. Su padre, diplomático, le dio una educación depurada e internacional.

A los 27 años, en 1955, se graduó en la Escuela de Derecho y se dedicó de lleno a la literatura. Colaboró en la fundación de la Revista Mexicana de Literatura. Sus numerosos viajes por el extranjero, su conocimiento de varios idiomas, el ambiente familiar, todo ello favoreció a que tuviera una cultura universal. Colaboró en muchas revistas norteamericanas y se interesó por el cine mexicano.

En el primer cuento de Fuentes Los días enmascarados (1954) ya revelaba que la clara tendencia de su obra estaba dirigida al estudio de la realidad mexicana. En su primera e interesante novela La región más transparente (1958) cuyo título nos lleva de la mano a la frase empleada por el geógrafo Humboldt para designar el valle de México, pretende ser la biografía de una ciudad y la síntesis de la actual nación mexicana. Describe una serie de mundos superpuestos. El espacio de las viejas leyendas de los aztecas coincide con el espacio histórico, hijo de la revolución, desgarrado por el mundo actual sometido a las podredumbres de cualquier índole. Es una novela irrespetuosa, escandalosa, a través de la confesión de varias vidas enfrentadas con la permanencia de los valores aztecas, paralelos a los refinamientos de un mundo moderno; confesiones dominadas por los lujos supremos de las grandes piscinas en las enormes villas suburbanas, de los deslumbrantes coches americanos y de los grandes negocios de alta moda.

El tema central de la trama consiste en las consecuencias vigentes de la Revolución mexicana. México ha perdido todo su fervor primitivo. El gobierno quiere compensar el efecto del tiempo por el culto de las fuerzas míticas con su vocabulario hechicero que no consigue disfrazar la realidad cotidiana. Es el triunfo del egoísmo, de todo lo despreciable del ser humano, de la pasión de dominar y oprimir. Es una visión oscurecida, maravillosa, encantadora, pero también burladora y tentadora de la ciudad que resulta ser la capital del viejo imperio azteca. Es una crónica amarga de las corrupciones sociales mexicanas que se hunden en un estancamiento de una subcultura totalizadora que perdió para siempre su personalidad: ya no hay pureza en una nación tan mestizada. La derrota contra los españoles y más tarde contra los norteamericanos, ha destruido el carácter originario de México.

Examina la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940) e indica que fue un régimen popular de tipo socialista, que nacionalizó las compañías y protegió al gobierno español republicano, exiliado. La política del presidente Miguel Alemán aparece, a partir de 1946, como una reacción contrarrevolucionaria respecto a los logros alcanzados por Cárdenas, pretendiendo Alemán que la riqueza de las clases superiores ha de alcanzar, tarde o pronto, a las clases inferiores, según los preceptos del economista Hamilton.

Otra novela de Fuentes, Las buenas conciencias (1959) se ubica en una ciudad colonial, Guanajuato, donde precisamente surgió el movimiento de independencia (el cura Hidalgo nació a poca distancia, en la ciudad de Dolores llamada ahora Dolores-Hidalgo). Sede de una vieja universidad de jesuitas, construida en un estilo español colonial, Guanajuato personifica la hipocresía y el oscurantismo. El protagonista a lo largo de la trama y de muchas maneras, se traiciona a sí mismo.

La muerte de Artemio Cruz (1962) es una novela extraordinaria, una auténtica obra de arte, cuya técnica resulta muy original. Comienza por el análisis consciente de su agonía, escrita por un viejo y riquísimo mexicano, jefe de una cadena de periódicos y editoriales vinculada a intereses económicos nacionales y extranjeros y recuerda, por una serie de flashback, según el proceso cinematográfico, aventuras y glorias pasadas. En su lecho de muerte, el protagonista revive su vida en el México moderno, cómo creció con la Revolución y cómo muere con ella. Luego sabemos que fue teniente coronel del ejército federalista del general Carranza, condenado a ser fusilado por los villistas en el norte del país y liberado a última hora.

Al relatar la muerte de su joven compañero Gonzalo Bernal al padre de éste, el viejo y poderoso Gamaniel Bernal, conoce a la hija Catalina, con quien se casará por motivos de intereses. Lo que no le impidió seducir a la joven revolucionaria poblana, Regenta, chica sencilla y entusiasta que le adorará sensualmente. Es una alusión a los dos aspectos de la vida del “macho” mexicano: la casa grande, la casa oficial donde vive con su familia y recibe a sus amigos, y la casa chica, oculta, consagrada a sus amores clandestinos. El narrador regresa regularmente a la conciencia de su agonía, al desprecio del cura que le impone sus prácticas y su absolución, a las preocupaciones de su esposa y de su hija para encontrar su testamento, a las vacilaciones y errores de los médicos que ignoran de qué enfermedad va a morir.

El anciano nos revela su odio para con su mujer y su hija, seres frívolos e interesados que solo repiten haber sido vejadas por él, pero que disfrutaron siempre una vida de lujo indolente, sin cuidados, con agradables compras inútiles en las tiendas de la “zona rosa”, barrio de comercio elegante de la capital mexicana, gracias a su generosidad. La narración se hace fuerte y vigorosa para evocar las campañas revolucionarias de su juventud, como la generosa muerte de su hijo durante los últimos estertores de la República española contra las tropas nacionales en el frente de batalla.

La tragedia de Artemio Cruz es que ha tomado conciencia no solo de su gloriosa conducta pasada, sino de todas sus concesiones morales a las corrupciones de la vida mexicana. Comprometido tantas veces con intereses extranjeros o nacionales ha conquistado así la supremacía económica, se ha apoderado de la dirección de varias empresas y puede adornar su edad madura con jóvenes mancebas que le acompañan durante sus veraneos en Acapulco. Hábil y activo hombre de negocios, ha olvidado progresivamente el generoso ideal de la Revolución mexicana.

Pero la voz de su conciencia lo tutea en los últimos momentos de su vida para que tenga conciencia de este divorcio, de sus caídas morales, de sus crueldades sentimentales, de su sensualidad y de sus corrupciones. Cinismo y materialismo se complican en él con sentimientos nobles: valor-amor-pasión. Así, en el momento de morir, ha aprendido algo. Se ha revelado a sí mismo y se desprecia, como la nación mexicana, tan alejada del ideal primitivo de su revolución de 1910. El hecho de que el autor empezara la novela en Cuba en 1960 parece significativo.

Es la primera vez que un autor mexicano habla tan sinceramente de las desilusiones de su pueblo, del poder de las cadenas de hoteles, editoriales y periódicos, de las inversiones mineras y mobiliarias, de las inversiones extranjeras, de las luchas de influencias, de toda la vida subterránea y auténtica de las altas finanzas mexicanas.

La muerte de Artemio Cruz es una gran novela literaria.

Situando a Carlos Fuentes junto a Carpentier, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez, el escritor mexicano destaca por conjugar en sus obras el tema político en favor de la literatura. Con un enfoque de profunda y alentadora tendencia pesimista, estaba convencido de que México había sido derrotado por los españoles, luego por los norteamericanos y finalmente, lo más lamentable para él, por los propios mexicanos. En toda su obra el pasado lo narraba con el espíritu de traerlo al presente, como hacía Faulkner y el presente lo narraba sin abandonarlo nunca, como hacía Dos Pasos. Tenía un certero y abarcador pensamiento crítico que ejercía sobre diversos temas políticos, sociales y artísticos con atinada sabiduría y elegancia. Pero jamás era irrespetuoso y grosero como suele ocurrirle, lamentablemente, a otros intelectuales. Sus ensayos sobre la literatura latinoamericana y universal son profundos y memorables. Nadie como Fuentes, examinó tan brillantemente los hallazgos artísticos de Juan Rulfo y de otros narradores y poetas mexicanos. Su admiración en relación a la obra de Faulkner, Dos Pasos, Joice, Cortázar y Lezama fue proverbial.

Sin duda, Carlos Fuentes debió haber sido un Nobel. Si bien la amplitud y profundidad de su obra literaria alcanza una grandeza estética que eleva a este eminente escritor a la categoría del artista imperecedero.

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