Mario Vargas Llosa o la literatura como sublevación permanente

Mario Vargas Llosa. Mario Vargas Llosa. (El Boletin)

Según mi mentor Imeldo Álvarez (inolvidable amigo) y la crítica literaria, Mario Vargas Llosa, hijo de padres divorciados, nació en Arequipa, Perú, en 1936. Fue rápidamente trasladado a Bolivia, dónde su madre y sus abuelos lo educaron en Cochabamba. Después de una infancia agradable tuvo que seguir a su familia hacia el Perú, en Piura primero y en Lima después, donde se habían reconciliado sus padres. Aprendió la vida miserable de Piura, pequeña ciudad peruana al norte del desierto de Sechura, cerca de la frontera ecuatoriana, en 1945. En el año siguiente su vida escolar fue más atractiva en manos de una institución religiosa de Lima. Pero sus malos resultados decidieron a sus padres enviarlo a los 17 años, a una institución que pensaban rigurosa y que fue para el muchacho un infierno (situada a medio camino entre el centro penitenciario y la vida militar.) Los dos años que pasó en Leoncio Prado lo marcaron para siempre y le dieron el tema de su primera novela, “La ciudad y los perros”. Diplomado en artes liberales por la Universidad nacional de San Marcos, consiguió una beca para doctorarse en la Universidad de Madrid en 1959.

Había publicado ya en 1952 una pequeña obra dramática, “La huida”, representada con éxito en Piura, que reunía elementos de leyendas y de mitología. “Los jefes”, en 1958, agrupaba novelas breves relacionadas con la vida de los barrios pobres de Lima y de Piura, donde reinan las fuerzas brutales, las riñas sangrientas para imponer leyes entre muchachos. Empleado por la Alianza Francesa en Lima, durante sus estudios universitarios, Vargas Llosa descubrió los grandes románticos franceses y admiró particularmente el estilo de Hugo y de Flaubert. Paso después a los autores contemporáneos y estudió los ensayos de Jean Paul Sartre con la mayor atención. Un premio literario de la “Reveu francaise” lo llevó a París en 1958, estableciéndose en la capital francesa de 1959 a 1966, si exceptuamos una breve estancia en Cuba en 1965 para formar parte en un jurado literario de Casa de las Américas. Las condiciones económicas de su estancia en París no fueron brillantes. Se vio obligado a trabajar como profesor en la Escuela Berlitz primero y después como redactor en la Agencia francesa de prensa. Pasó finalmente al servicio de emisiones en ondas cortas de la ORTF, lo que le daba tiempo para escribir.

Su primera novela importante, “La ciudad y los perros”,  la público en Barcelona en 1962 y fue coronada por el premio Formentor en 1963. Será su segunda novela, “La casa verde”, publicada por la misma editorial Seix Barral en 1965, que concentró en el autor la atención de la crítica internacional. No sólo consiguió en 1967 el premio de la crítica española sino el famoso premio Rómulo Gallegos de la novela hispanoamericana, cuyo importe de 100,000 bolívares le permitió consagrarse a su obra literaria. Al recibir su premio en Caracas, en el verano de 1966, el autor reveló ciertas opiniones suyas acerca de la literatura que merecen gran interés: “La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección perenne y no admite camisas de fuerza… La realidad americana ofrece al escritor un verdadero festín de razones para ser un insumiso y vivir descontento. Sociedades donde la injustica es ley, paraísos de ignorancia, de explotación, desigualdades cegadoras, de miseria, de alienación económica, cultural y moral, nuestras tierras tumultuosas nos suministran materiales suntuosos, ejemplares, para mostrar en ficciones, de manera directa o indirecta, a través de hechos, sueños, testimonios, alegorías, pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida debe cambiar… Por el camino que nos precipitan nuestros fantasmas y demonios personales, tendremos que seguir, como ayer, como ahora, diciendo no, rebelándonos, exigiendo que se reconozca nuestro derecho a disentir, mostrando de esa manera viviente y mágica como solo la literatura puede hacerlo, que el dogma, la censura, la arbitrariedad, son también enemigos mortales del progreso y de la dignidad humana.”

En el espíritu de Vargas Llosa, la violencia es una fatiga de nuestro mundo, de una sociedad cualquiera. Disimularlo sería hipocresía o ceguedad. La vida social implica para el hombre una cantidad de conflictos, de pruebas, especialmente en un país subdesarrollado. En éste, la violencia es la raíz de todas las relaciones humanas. Así escribió en forma de novela sus terribles impresiones de la vida escolar. Leoncio Prado, la escuela donde fue maltratado, humillado, envilecido a la saciedad, le enseñó el reverso de la vida, la brutalidad y la grosería degradante. El tema de “La ciudad y los perros” es la iniciación del machismo, tanto para los alumnos como para los profesores. Los “perros” designan a “los alumnos del primer año” de la escuela militar Leoncio Prado. Para adquirir la virilidad que otorga el ambiente de la institución hay que someterse a una serie de pruebas, de sacrificios imaginarios de manera monstruosa tanto por los maestros como por sus discípulos. Ocurre que los profesores son militares y los alumnos son hijos de obreros e hijos delictuosos de clase burguesa.

En el colegio limeño Leoncio Prado cuya disciplina brutal oprime y hasta estruja a los cadetes, éstos han formado el “Círculo”, cuatro muchachos decididos a resistir la opresión. Jaguar, la figura dominadora, es agitador, preparado a cualquier forma de bandidismo heroico. Boa será el personaje innoble, instintivo, acostumbrado a cualquier acción degradante. Tiene relaciones sexuales con una pequeña perra que tortura con gusto, porque es débil. El cadete Arana, ser suave, sin relieve, será la víctima del grupo: el esclavo. Con su naturaleza tímida, es incapaz de luchar contra sus camaradas, quienes lo obligarán a cometer atrocidades. El cadete Cava, moderado y decidido a realizar una carrera militar, se va a imponer al “Círculo” por un hurto sensacional: el cuestionario de las pruebas de química. Pero será visto por el Esclavo quien, excedido por las humillaciones y las violencias, revela el nombre del culpable a las autoridades, después de haberse confiado a Alberto, muchacho rico, hipócrita y superficial, que lo traiciona. El Esclavo será asesinado durante un ejercicio militar por el Jaguar. Alberto denunciará al criminal, pero las autoridades no lo creen y se apoderan de su “literatura pornográfica”, lo que provocará su silencio ulterior. Frente a las calumnias, Alberto abandona, lo que también hace el teniente Gamboa, oficial íntegro pero demasiado débil para luchar contra los rudos personajes que representan la sociedad mal hecha y turbia: el duro capitán Garrido y el teniente Huardina, burócrata sin carácter ni voluntad.

El éxito de la novela se debe a la destreza del autor que mantiene la ilusión casi física del vaivén de la realidad. La motivación determina la forma. Boa, el personaje sensitivo, aparece como un castigo permanente de la realidad, el ojo cámara que recuerda la visión y el tacto. El narrador será él. El autor nos enseña que para revelar ciertos aspectos de tal vida escolar hay que aceptar escenas muy crudas, episodios vecinos a la pornografía. Para dulcificarlos, amortiguarlos, imaginó escribirlos por el ojo de un espectador vagabundo, pero muy intelectual para evitar el comentario, la explicación excesiva. Así nació Boa. Será la personificación de este horror que choca al lector. Lo que interesa a Vargas Llosa es la realidad exterior, pues desconfía de la sutileza, de la subjetividad psicológica. Para el autor, se consigue una buena novela cuando se alcanza pintar o describir personajes individualistas, problemas sociales o realidades por el trámite de actos. Las ideas debe irradiar de la andadura de un tema, de una historia. Falta cualquier dimensión metafísica. Es una realidad de los sentidos.

Tal impresión resulta mejor en la segunda novela de Vargas Llosa, “La casa verde” de la cual ha dicho un famoso crítico: “Es, quizás, la mejor obra de imaginación nunca producida por Iberoamérica. Tiene movimiento, belleza, imaginación extensa, un brote poderoso que transporta al lector, de la primera a la última página, como un pez en el baño de sangre.” El primer recuerdo vivido que aparece en la novela es la famosa casa pública de Piura que el autor había conocido cuando frecuentaba todavía la enseñanza secundaria. Era una choza en medio de las dunas, en las afueras de la localidad, allende el río. Había en ella un ambiente extraño. No era sino una sala única, nos cuenta el escritor, donde estaban las mujeres, un conjunto musical de tres hombres, un arpista ciego, un guitarrista y especie de gigante, llamado Bolas, que tocaba tambor y címbalos. Al entrar, los clientes se llevaban a las chicas para ir a fornicar al aire libre, por las dunas. Fue un recuerdo imborrable para el muchacho. El segundo elemento fue la Mangachería, pequeño suburbio de Piura, muy pobre, especie de chabolas que recuerdan el Patio de los Milagros descritos por Hugo. Los “mangaches”, medio mendigos, medio bandidos, espantaban a la policía que no se atrevía a penetrar en el sector.

El tercer elemento lo sacó de una excursión por la selva de Iquitos, en 1958. Al visitar la región del Marañón superior, descubrió a los pueblos de los indios aguarunas, todavía en la época de la piedra. Primitivos y aventureros blancos vivían juntos una vida de violencias que el autor anotó. Se hablaba mucho de un japonés, Tushia, que recordara en su novela con el nombre apenas modificado de Fushia. Unos 30 años antes había penetrado por el afluente Santiago en la zona de los salvajes huambisas donde construyó una casa en una isla y fundó un pequeño ejército en el que había unos blancos. Organizaba expediciones contra varias tribus para recoger el caucho que entregaba después al Banco Agropecuario, cuyos delegados llegaban de zonas civilizadas. Los indios, con arcos y flechas, no podían defenderse y tenían que aceptar además el rapto de las chicas. Tushia sabia hablar sus dialectos y se emborrachaba con ellos en sus fiestas. Era brutalísimo con las mujeres.

Otra vida fue la de Jum. Éste indio fue torturado y después ahorcado en el poblado de Santa María de Nieva por haberse atrevido a montar una cooperativa para la venta del caucho sin informar a los acostumbrados recogedores. Tales mercaderes, miserables y hambrientos también, habían quemado su aldea con unos soldados y violado a las mujeres. Jum quería evitar los intermediarios y vender una vez al año toda la goma directamente a un centro civilizado. Así anulaba todo el tráfico. Por eso fue asesinado ante un grupo de misioneros tan aislados de la civilización que poco a poco se habían dejado contaminar por la crueldad. Como los salvajes no querían mandar a sus hijos a la escuela de la misión, al empezar el año escolar las monjas, con la ayuda de unos policías, subían río arriba, entraban en un pueblo y se apoderaban de los niños. Internaban a las chicas, les enseñaban a leer, escribir y cocer y después no sabían cómo utilizarlas. Les habían enseñado también el horror de su condición salvaje, de su fetichismo, de su mundo bárbaro, pero no tenían posibilidad de encontrarles posición social. Finalmente, las abandonaban a la codicia de la guarnición local. Evidentemente, los misioneros facilitaban el trato de las mujeres.

Tales fueron los temas que utilizó Vargas Llosa: Piura y Santa María de Nieva.

(Amigos: En mi segunda crónica sobre Vargas Llosa examinaré cómo este autor manejó de modo genial las intrigas en “La casa verde”, sin duda, una de sus obras maestras.)

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